Blog de ostippobiblioteca

Plagio creativo

Plagio creativo

Escrito por ostippobiblioteca 10-04-2016 en Creatividad literaria. Comentarios (0)

La buscadora de la verdad
Érase una vez en un reino muy lejano un bosque en el que todos los animales vivían en paz y armonía. El búho era el más sabio de todos y siempre que alguien tenía un problema, el búho era capaz de solucionarlo. Cierto día una ardilla acudió a pedirle consejo. La ardilla admiraba al búho y se preguntaba si algún día llegaría a ser igual de inteligente que él. La ardilla le propuso ser su alumna y afirmó que no le molestaría. A pesar de que el búho le dijo que no se enteraría de nada, aceptó, pero con la condición de que no cuestionara sus actos. A partir de ese momento la ardilla seguía al búho a todas partes y observaba como daba consejos al resto de animales. Un pájaro acudió con un problema al búho.
Pájaro – “El problema que tengo es que me quiero cambiar de árbol porque las ranas del estanque no dejan de molestarme. Pero el árbol al que me quiero cambiar tiene una colmena y no me siento cómodo con las abejas.”
Búho –“Es un problema bastante delicado pero tengo una idea” – El búho se acercó y le susurró algo al pájaro.
Pájaro – “Muchas gracias” – Dijo mientras se iba.
La ardilla estaba un poco desconcertada, no se había enterado de nada. El búho le dijo a la ardilla que necesitaba su ayuda. Los dos se dirigieron al árbol donde se situaba la colmena y el búho la tiró al suelo.
Ardilla – “Señor búho, ¿por qué ha tirado la colmena?”
Búho – “Recuerda lo que me prometiste, no ibas a cuestionar mis actos.”
En ese momento la ardilla se disculpó. La colmena estaba destruida y las abejas buscaban un culpable. El búho hizo ruidos para llamar la atención a las abejas y dijo que las ranas lo habían tirado. Acto seguido las abejas desaparecieron. La ardilla volvió a preguntar al búho por qué había mentido. Este le volvió a recordar lo prometido y ella se disculpó por segunda vez.
Los dos se dirigieron al árbol del pájaro, el cual los esperaba para irse. En el momento en el que se fue, el búho tiró el nido. La ardilla volvió a preguntar, como antes. Y el búho respondió:
Búho – “Ardilla, tu no estas preparada para conocer la verdad.”
Ardilla – “Lo reconozco pero necesito saber porque ha hecho esos actos.”
Búho –“Es muy simple, las ranas del estanque molestaban al pájaro. Las abejas querían cambiar de sitio, y el árbol del pájaro era perfecto. Tiramos la colmena para que el pájaro pudiera cambiarse de árbol, engañamos a las abejas para que las ranas recibieran su merecido y tiré el nido del pájaro para que las abejas empezaran de cero en aquel árbol.”
La ardilla se retiró muy decepcionada, sabiendo que aún no estaba preparada para conocer la verdad. Alberto Pérez Luque 1º Bach B

Plagio creativo

Escrito por ostippobiblioteca 08-04-2016 en Creatividad literaria. Comentarios (0)

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Aún no se podía ver nada. No eran más que las 4:19 de la madrugada en Milán y Leo permanecía despierto en su hamaca, sin apartar la vista del cielo, oscuro, y siendo incapaz de conciliar el sueño. Estaba tan abstraído en su vista de la noche, sin luna y completamente estrellada, que casi no parpadeaba, ni siquiera podía moverse. En realidad, tampoco lo había intentado.

Desde hacía varias semanas, Leo había querido aprovechar la agradable temperatura de las noches de verano para dormir en el jardín y poder disfrutar de la oscuridad. Fue el 10 de agosto cuando estaba sumergido, como si de un sueño se tratase, en la lluvia de meteoros de cada verano, cuando se dio cuenta de que necesitaba respuestas. Necesitaba saber la verdad. Deseaba poder descubrir los misterios que nadie conoce y de los que todos hablan. De pronto, surgió en su cabeza la clave para descubrir aquello que deseaba: hacía tiempo que oyó a un amigo hablar sobre un monje budista que consiguió alcanzar la iluminación. Decidido, Leo no esperó a que el sol saliese de nuevo. Hizo la maleta y se marchó a pedir ayuda a dicho monje para conseguir ayuda en su búsqueda de la verdad.

El viaje hasta el Monje fue un tanto difícil. Tuvo que recorrer grandes distancias, pero no supuso demasiado esfuerzo para él ya que lo único que ansiaba era obtener respuestas, estaba dispuesto a lo que fuera por ello. Escaló montañas, cruzó ríos y superó todas aquellas adversidades que le hicieron frente durante su recorrido. Aquel viaje que estaba haciendo resultaba ser un sendero de peregrinación al templo budista en el que vivía el Monje, era un líder espiritual, por decirlo de algún modo, era el ejemplo a seguir de multitudes. Lo consideró como la peregrinación a la Meca, hay que hacerlo al menos una vez en la vida. Miles de personas cada año se enfundaban sus botas de montaña para conseguir sentirse en completo equilibro mental con uno mismo y el universo. Encontrar su nirvana.

Quizás fue por las otras personas que conoció en el trayecto por lo que no le costó trabajo alguno mantener la garra a pesar de que todo a lo que debía enfrentarse era de infinito esfuerzo físico. Pues fue durante este viaje cuando creyó que eso de enamorarse a primera vista era posible. La primera vez que mantuvieron una conversación, pensó que era lo más hermoso que había visto nunca. La persona más interesante, cercana y agradable con la que jamás había hablado. Fue tal el flechazo que por un momento pensó si abandonar su verdadera razón de estar pasando todo aquello por algo tan absurdo como enamorarse. Leo siempre lo pensó, enamorarse es de imbéciles, el amor no te lleva a nada, sólo te deja el corazón infectado y los bolsillos vacíos. Pero, algo hizo que cambiara totalmente de opinión sobre lo que estaba acostumbrado a sentir. Cada vez que le veía algo en él se despertaba. ¿Realmente siento tal debilidad hacia un hombre? NO, debo centrarme en mi verdadero objetivo, encontrar al Monje, encontrar las respuestas que tanto ansío. Eso se repetía Leo una y otra vez, cada vez que pensaba o veía a Martín.

Tras días de viaje, paisajes deslumbrantes, Martín y comeduras de cabeza noche tras noche, Leo al fin llegó al templo. No podía esperar a ver al Monje y, cuando lo vio, casi se salieron sus ojos de las órbitas. Quizás tuviera unos 74 años pero sin duda era la persona que mejor conservada había visto nunca antes Leo.

Se dirigió hasta él, mostró sus respetos y fue entonces cuando le pidió si podía ofrecerle el gran privilegio de poder seguirlo, aprender de él y así poder obtener respuestas. Ante semejante ruego, el Monje se mostró asombrado sin que su infinito sosiego dejara de evidenciarse. A pesar de todo, el Monje no negó la petición de Leo, pero sí le puso una única condición: Leo no debería dudar ni una sola vez aquello que el Monje hiciera por muy extraño o fuera de lugar que pudiera llegar a parecerle. A dicho asedio, Leo no mostró objeción alguna es más, pensó que para él sería tarea fácil, pues nunca había sido propenso a meter las narices en los asuntos de nadie y para él era costumbre guardarse sus opiniones además, en realidad era un hombre que pensaba mucho y hablaba poco, siempre había sido así.

Mientras tanto, no podía dejar de pensar que en cuanto emprendiera su camino junto al Monje, jamás volvería a ver a Martín y esa idea le obsesionaba, poco a poco, cada vez más. Leo volvería a Milán, a su vida de fotógrafo y Martín regresaría a su restaurante en Byron Bay. Tenían vidas demasiado diferentes, incompatibles.

Casi sin darse cuenta, el Monje y él emprendieron su camino hacia la sabiduría. Un viaje que Leo imaginaba espiritual y que sin embargo le depararía el conocer varias culturas y lugares apartados de todo.

Tras una larga caminata, al borde de un caudaloso río, partieron en una barca para poder cruzar hasta la otra orilla. Una vez lo cruzaron, Leo no podía creer lo que estaba viendo: la barca que les había servido para hacer aquel trayecto, había sido perforada por el Monje con el fin de hundirla. El agua se la tragaba y fue cuando Leo, desconcertado por lo que estaba observando, no pudo contenerse. ¿Acaso el Monje estaba loco? Ante tal indignación mostrada por Leo, el Monje, con su habitual calma, regañó sus palabras y le recordó que había prometido no rebatir sus actos. Leo sintió vergüenza, se disculpó, prometió que no volvería a ocurrir tal situación y ambos siguieron su camino.

Leo comenzaba a estar aburrido de caminar y caminar y no poder mantener siquiera una conversación. Cierto es que nunca le gustó hablar pero, estaba sólo, en la selva con un monje que no mediaba palabra alguna con él. Cualquiera en una situación así querría al menos poder comentar las maravillas de aquel prodigioso paisaje. Como la situación era tal, aprovechó para sacar su cámara y capturar los singulares parajes que se elevaban a su alrededor.

Tras cientos de fotos y miles de pasos, llegaron a una pequeña aldea. Las casas eran de piedra y madera, la gente vestía ropa que ellos mismos tejían. Los niños jugaban en la calle. Mujeres y hombres hacían sus labores. Fue la llegada de Leo y el Monje lo que desvió su atención de sus trabajos. Leo estaba avergonzado, se sentía fuera de lugar, nunca le gustó que le miraran y aún menos de aquella manera, tan atentos a sus movimientos, a su ropa, a su pelo, a su complexión. A todo. Sin embrago, la aparición del Monje no pareció causar semejante revuelo. Pensó que sería porque sus rasgos se asemejaban con los de los habitantes de la aldea. Al menos más que los suyos.

Apareció el que supuso Leo que era el jefe de los habitantes del pueblo, mostró sus respetos al reconocer al Monje y los colmó a ambos de los lujos que en aquella humilde aldea podían permitirse. Así, además de la abundante comida, ropa limpia y unos baños naturales, el mandamás, les invitó a hacer una expedición por un bosque cercano con el fin de que conocieran la zona y cazar además. Cazar era una de las grandes aficiones del hijo del jefe, y este decidió acompañarlos.

Nunca antes había visto Leo tal cantidad de especies vegetales como estaba viendo a lo largo de su viaje. Es como estar en el mundo de Avatar, pensaba.

Por un momento, el hijo del jefe, el Monje y Leo se desviaron del camino. Se habían perdido. Entonces, el Monje aprovechó para inmovilizar al heredero y romperle un tobillo para que no pudiese andar. Inmediatamente después, el Monje, seguido de su aprendiz, echó a correr para que impedir que el monarca o sus seguidores los atraparan por lo que acababa de hacer.

Cuando el Monje tuvo la certeza de que nadie les seguía, de que estaban completamente a salvo, a Leo le resultó inevitable no volver a cuestionar los actos de su maestro. No comprendía su actitud y la consideraba fuera de lugar y enteramente inapropiada. Aquellas personas sólo querían que ambos se viesen como en casa, les mostraron respeto y una cálida disposición, a pesar de que no tuvieran mucho que ofrecer. Ante sus reproches, el Monje le aclaró lo que en un principio le había prometido: no objetar sus hechos. Volvió a explicar que él sólo hacia lo que debía hacer, lo que era correcto y que Leo, sin saber el verdadero significado de sus actos, se atrevía a dar su dura opinión sobre ellos. Por lo tanto, Leo no tuvo más opción que aceptar su error y pedir disculpas. Luego, siguieron su camino.

Tras este altercado, siguiendo su ruta, Leo no pensaba en otra cosa que preguntarse sobre la verdadera intención del Monje al realizar aquellas barbaries. ¿Tendrían quizá un sentido más profundo? ¿Cuáles serían sus verdaderas intenciones? ¿Qué pretendía demostrar el Monje? Leo estaba desconcertado, perplejo. Destrozar el tobillo de alguien que había mostrado total hospitalidad y huir de inmediato era algo que no alcanzaba a entender. A raíz de dichos pensamientos, Martín lució en la mente de Leo. Recordó los breves e intensos instantes que vivió con él en su trayecto antes de embarcarse en la aventura hacia el conocimiento. Una parte de él estaba convencida de que haber emprendido ese viaje había sido una muy penosa decisión, que debería estar con él ahora. Se dio cuenta de aquellos días le habían servido para darse cuenta de que había aprendido a enamorarse como nunca creyó posible, de alguien que nunca imaginó. Aquel sentimiento se hacía mayor cada vez que centraba su atención en él, lo ofuscaba, no podía pensar con claridad. El Monje se dio cuenta, y comprendió que Leo tenía ciertas dudas sobre aquella travesía. Sin embargo, Leo lo convenció de que nada podría hacer que cambiara de opinión sobre lo que realmente deseaba, y deseaba estar allí. Al menos, él tuvo la corazonada de que pudo convencer al Monje por completo.

Poco tardaron en llegar a una ciudad en la que, a diferencia de la anterior aldea, nadie mostró el más mínimo interés en socorrer a nuestros viajeros. Es más, los habitantes de aquel lugar los recibieron con miradas llenas de odio y desprecio y supieron entonces que no eran bienvenidos. Lo que hizo que supieran con total certeza que no eran bien recibidos allí, fueron las armas de fuego que mostraron los nativos. Eso fue suficiente para que Leo y su maestro salieran despedidos de esa población.

Una vez creyeron estar lejos de los irritados lugareños, continuaron con paso menos airado su camino. No se habían alejado demasiado de la ciudad cuando se toparon con lo que en otro tiempo había sido una majestuosa fortaleza. Aún se distinguía su forma circular por las piedras que continuaban en su lugar en el terreno. El Monje le pidió a su aprendiz que le ayudara a reconstruir aquella pequeña edificación. Leo volvió a dudar del Monje pero decidió no objetar su petición. Consideró que aceptar era la mejor opción. De todas formas supuso que sería un refugio para ambos o que al menos tendría alguna utilidad para su situación. Transportó pesadas piedras, hizo un esfuerzo físico increíble para ello, pero no le importó, sabía que habría una causa mayor.

Cuando finalmente la reconstrucción acabó, el Monje juzgó que era suficiente, que podían retomar su viaje. ¿Ya está? Después de todo aquel esfuerzo la nueva edificación era algo inútil de lo que podían perfectamente prescindir. Leo sentía que desfallecía, le dolía todo el cuerpo, no había sentido tal fatiga nunca antes y todo ello para nada. No aguantaba más, repitió al monje que todo lo que hacía no tenía sentido alguno, estaba loco y no quería seguir pasando por situaciones similares. Era absurdo. El Monje, entonces, decidió que aquella aventura había terminado. Decidió que era una pérdida de tiempo seguir con Leo, intentar que alcanzara la iluminación sería imposible. No había sido capaz de cumplir lo único que el Monje deseaba, no replicar sus peticiones y actos. Ambos se dieron cuenta de que aquella situación no iría a ninguna parte, no tenía futuro aquella relación simbiótica puesto que el único que cumplía con su parte era el Monje. A pesar de todo, éste creyó oportuno que Leo supiese que todo por lo que habían pasado había sido completamente necesario. El hundir la barca que habían usado para cruzar el río había servido para que un traficante no pudiera llegar a explotar los terrenos de la zona. No podría llevar una barca él mismo ya que aquellas, eran zonas controladas. El chico cuyo tobillo destrozó, no era otro que un impostor, sólo quería apropiarse de la zona, asesinar al jefe de la aldea que visitaron, someter a aquella gente y hacerse con el control. Finalmente, la construcción que habían consumado serviría para proteger la entrada a una mina de diamantes. Con la fortificación conseguirían camuflar el terreno y tapiar la entrada a dicha mina, así nadie podría enriquecerse a propósito de tierras sin explotar. Su propósito era que siguieran sin ser explotadas.

Al fin Leo comprendió todos y cada uno de los descabellados actos del Monje, al igual que comprendió que no estaba preparado para realizar aquel viaje con él. Fue entonces cuando se disculpó por última vez y dio marcha atrás, aquel no era su destino. Al menos en ese momento de su vida. La imagen de Martín volvió a inundar su mente y no esperó para ir a buscarlo.

Tras un largo viaje de vuelta a Milán, Leo organizó un nuevo viaje. Un nuevo destino, unos nuevos motivos, una nueva aventura. Sabía que Martín no había aparecido en su vida por cuestión de azar, ¿debía pensar eso? No le importaba, Leo quería pensarlo. Quería creerlo. Aquella decisión transformaría su vida por completo, lo tenía claro, estaba ansioso por ver aquel brutal cambio, ver a Martín de nuevo. Él era su única verdad.

Elena Trigos González


Plagio creativo

Escrito por ostippobiblioteca 05-04-2016 en Creatividad literaria. Comentarios (0)

El buscador de la verdad.

   

  A este sabio maestro de nuevo se le presentó un hombre que buscaba conocer la verdad. A diferencia del anterior que no pudo darse cuenta de las intenciones del maestro, este hombre tenía la mirada llena de lo que parecía ser sabiduría y objetividad.

El maestro aceptó, imponiéndole a este nuevo individuo las mismas obligaciones: no cuestionarlo, guardar silencio y analizar la situación.

  El maestro decidió empezar atendiendo a sus necesidades, hacer un largo camino hasta llegar a un pueblo y comprar las provisiones que necesitaba. Para cumplir tal tarea deberían, en primer lugar, atravesar un bosque que el sabio conocía perfectamente. Durante la marcha, ambos vieron a un hombre apuntando con una escopeta a un gran oso. El maestro, ante los ojos del nuevo discípulo, interrumpió tal tarea y rompió el arma con la que amenazaba al descomunal animal, dejándolo totalmente indefenso. Se marcharon de allí, y el discípulo no dijo ni una palabra.

  Continuaron hasta llegar a la entrada del pueblo donde se encontraron con un hombre muy mayor, a quien le faltaba el brazo derecho y quien pedía con el otro que le dieran dinero. El sabio de nuevo intervino, y sin que pudiera aquel anciano actuar, le robó lo poco que había conseguido. De nuevo el discípulo no dijo ni una palabra.

  Llegando al final del viaje, y al mercado, compraron la mercancía y habiendo cumplido su propósito, el sabio de pronto prendió fuego al puesto. Marcharon raudo de allí, hasta llegar donde vivía el sabio. Atónito por el contraste entre los discípulos, y queriendo comprobar si efectivamente este nuevo hombre podría alcanzar la verdad, le habló y le formuló las siguientes preguntas:

“ - Has recorrido todo el trayecto siendo testigos tus ojos de todos mis actos. Viendo ahora los míos tal serenidad, me surge una profunda intriga: ¿Fuiste espectador de cómo conduje a un hombre hasta su perdición despojándolo de su única defensa? ¿Fuiste testigo de cómo robé a un pobre anciano discapacitado? ¿Fuiste consciente de la atrocidad que cometí al crear llamas y desperdiciar tanto trabajo?”

A esto, el discípulo simplemente respondió “-no.”

El maestro satisfecho por ver que había comprendido la lección, le pidió que concluyese su objetivo con la explicación de sus hazañas.

“ - Tales acciones- comenzó el aprendiz- bajo la piel podrida de condenables pecados, esconden en su interior justicia. Aquel hombre al que privaste de protección era un cazador cruel, que por diversión y aburrimiento amenazaba a todo aquel animal que se interpusiese en su camino, creyéndose invencible. Aquel anciano al que robaste es un pobre loco que roba y asesina unos días; se hace el inocente y pide otros. Aquel mercado que prendiste  fuego tenía influencias con personas poderosas que conseguían sus productos manchados con sangre inocente; pues todo era despojado de gente mísera y fiel. Esta es la descripción de los acontecimientos según tus acciones, pero me atrevo a decir que todo es falso.”

Al maestro le dio un vuelco el rostro y muy confundido y algo alterado pidió que continuase.

“ - Saliste ileso en todas las circunstancias que te rodeaban, es de extrañar, puesto que a simple vista parece un crimen y la inmensa mayoría de personas se dejan llevar por las primeras impresiones. ¿Cómo es posible entonces, que no te parasen o juzgasen los de tu alrededor, ni que te persiguieran? Yo tengo la respuesta; todo fue mentira y algo que salió de tu ingenio, porque la verdad además de ser confusa, tiene un gran veneno en su interior; para conocerla, muchas veces debemos guiarnos por lo que dicen otros. Entonces no conocemos la verdad, sino su verdad, y como no se pueda comprobar ésta será la nuestra. Tus demostraciones son tu verdad, pero la realidad es que aunque ellos fueran pecadores, tú te volviste uno de ellos cometiendo las mismas fechorías por las que se les acusaba: robar, herir y destruir. Sabio, esta es mi verdad.”